ISABELLE ANDREWS P.A.
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Hello,

I was able to convince Alba to give a piece of herself to you. I hope you will enjoy her latest short story which she just finished writing.

Regards,

Isabelle

La anotadora

Sexto grado de primaria, finalmente la cúspide. Primer día de colegio, uniforme nuevo, zapatos nuevos. ¡Mmm!... cierro los ojos y puedo sentir el olor particular del cuero de los zapatos marca Pepito de punta redonda, marrones, suela gruesa y correa amarrada de lado con pasante también grueso de metal, de estilo militar para niñas. Eran los zapatos obligatorios, junto con el uniforme blanco con pliegues y correa marrón. Un conjunto ideado maquiavélicamente para borrar o al menos esconder cualquier asomo de femineidad en nuestra pubertad naciente.

Allí estábamos de nuevo, casi las mismas que veníamos juntas desde el jardín de infancia en este colegio católico, solamente de niñas. Ya habíamos pasado la fila en el anfiteatro al aire libre donde se congregaba a todas las alumnas de primaria todos los días antes de empezar las clases. Ritual matutino, todas en fila por grados, oraciones de la mañana. Ave María purísima, sin pecado concebida…, Padre Nuestro, himno del colegio y a la clase en fila india.

Como siguiendo una regla que no estaba escrita, todas nos sentamos más o menos en el mismo lugar que ocupábamos el año anterior, aunque el salón no era el mismo. Una que otra “nueva” se había atrevido a sentarse en la primera fila, las otras menos osadas ocuparon los puestos traseros como era de rigor. Yo, como un anticipo de lo que sería mi vida futura, me dirigí a “mi” puesto en la segunda fila.

La excitación de volver a vernos, de reformar los grupos (las estudiosas, las rocheleras, las tremendas, las bonitas, las que ya tienen novio y las otras), a todas nos distrajo en un primer momento de lo que sería la gran atracción de ese año, una nueva maestra. Al principio no entendíamos bien quien era el personaje de pie frente a la clase, en el lugar donde normalmente se para la maestra. La primera razón es que era muy pequeña, medía 1.50 m como mucho. La mayoría de las niñas de la clase, todas entre los 11 y 12 años, ya éramos más altas que ella. La segunda razón es que era muy bonita. Una especie de muñeca Barbie vestida por error con estricta falda azul y camisa blanca cerrada hasta el último botón. Lo único que le había quedado de su atuendo de Barbie eran unos tacones altísimos que nosotras tampoco habíamos visto antes en ninguna de nuestras maestras. Desde el primer grado hasta el quinto todas nuestras maestras habían sido monjas, más o menos bigotudas y más o menos estrictas. La señorita X iba a ser nuestra primera maestra laica y se convertiría en una novedad no solo en nuestra clase sino en todo el colegio.

—Buenos días niñitas, yo soy la señorita X y voy a ser su maestra de 6to grado —dijo con una voz aterciopelada propia de algunas presentadoras de televisión.

Una ola de murmullos se alzó como un tsunami que todavía estaba lejos. Al instante a cada una nos asaltó una pregunta, una opinión que no podíamos esperar para expresar.

—¡¡¿Nuestra maestra?!!

—Ay, ¡qué chiquita!

—Ay, ¡qué bonita!

—¡Debe ser un error!

—Qué bueno que no nos tocó otra vez una monja.

—Yo prefiero una monja de maestra.

—Se ve chévere.

—Se ve mala, ya verás.

—¿No es una monja?

—¿Le viste los tacones?

—Tiene lindas piernas.

La señorita trataba de imponer su autoridad primero dando vagos golpecitos de regla contra el escritorio. Técnica completamente inútil frente a una clase de 40 niñas pre púberes llenas de energía después de 2 meses de vacaciones. Luego fue alzando la voz, pidiendo silencio. Su lenguaje corporal fue cambiando y ya hasta se veía más alta. Finalmente, de esa criaturita que era nuestra nueva maestra salió lo que sonó como un rugido:

—¡¡SILENCIO, NIÑITAS!! ¡La próxima que hable va derecho a la dirección!

Barbie había cambiado el terciopelo por cuero áspero. Y el silencio se hizo. Más por la sorpresa de que de una criatura tan pequeña pudiese salir semejante grito que por respeto.

A partir de ese día, la señorita X se dedicaría a identificar métodos para mantenernos a raya. Cambios de pupitre para separar amigas conversadoras, supresión de recreos, tareas extras, proyectos interminables. Más nos amenazaba, más parecía que la clase estaba fuera de control. Hasta que un día se le ocurrió una idea brillante, o quizá la copió de algún relato de un campo de concentración. Ella no nos reprendería más, ni nos seguiría mandando a callar. Nombró a la “anotadora del día”. Su función sería anotar a las habladoras, las perturbadoras y a todas las que cometieran cualquiera de una lista de delitos que iban desde comer chicle a escondidas, hasta tardarse mucho en el baño o llegar retrasadas del recreo. Los delitos serían sumados al final del día y la anotadora tenía el privilegio máximo de sugerir un castigo.

La anotadora se volvió el personaje más odiado y temido de la clase. A varias nos tocó el infame honor. Todas lo hicimos lo mejor, o debería decir, lo peor que pudimos. Poníamos una rayita al lado del nombre de la compañera que de verdad no nos dejaba otra alternativa. Porque lo más maquiavélico del método es que si la anotadora no anotaba, era ella quien iba castigada.

Así pasaron los días y lo que nosotros habíamos anticipado como el año más feliz de nuestra primaria, cuando finalmente seríamos las reinas del colegio, fue convirtiéndose en un pequeño infierno de traiciones, delaciones, de odios, de facturas acumuladas, de puñaladas por la espalda, pero, eso sí, de mucho, mucho silencio.

Cuando pensamos que ya nada peor podía pasarnos, le tocó el turno de anotadora a una de las nuevas, Zuleidita M. Era una niña tímida y retraída que respetuosamente se había sentado en uno de los puestos de atrás de la clase y que ya bien entrado el segundo mes de clases se había hecho solo de un par de amigas tan timiditas y retraídas como ella. No era muy agraciada Zuleidita, pero tampoco era la más fea de la clase. Igual, por esos años todas estábamos más bien feítas. Patas largas, yo, sobre todo, barritos en la frente para las más sortarias o acné declarado para las otras. Zuleidita tenía la piel bien morena y unos ojos verdes intensos que todavía recuerdo. No por lo bonitos sino por lo tenaces. Llegamos a creer que podía ver más allá del rabo del ojo y que no estábamos a salvo del celo que ponía en su tarea de anotadora ni siquiera cuando nos daba la espalda. No sorprendió a nadie que al pasar de los días Zuleidita se volviera la anotadora preferida y casi oficial de la señorita X. Tenía una agilidad tremenda para captar cualquier movimiento irregular. No había quien se le escapara. Ay de la que osara hacerle una mala seña por detrás o virarle los ojos. Ni hablar de pasarse un mensajito o echarse una siestita. Allá íbamos todas a parar al final del día a lo que se nos dio por llamar “el paredón de Zuleidita”.

Como niñas que éramos, no prestamos mucha atención a los pequeños cambios que fue sufriendo nuestra anotadora. Cuando vinimos a darnos cuenta, ya Zuleidita se había convertido en una especie de matón de esquina, con su pequeña banda de seguidores. De niña tímida e ignorada pasó a ser reconocida y temida por toda la clase. Si hubiese querido, podría haberse sentado en la primera fila y nadie se hubiera atrevido a pedirle que se cambiara. Pero ella seguía allí en su última fila del primer día, que ahora le servía de perfecto punto de observación en su tarea de soplona de la clase.

Un viernes, nuestro día había comenzado como de costumbre. Fila, rezos, himno, fila. El calor quizás era un poco más intenso, pero 40 grados no eran nada excepcional para un principio de septiembre en Maracaibo, “la ciudad del sol amada”. Las paletas de los ventiladores movían aire caliente y el rumor de los carros en la calle nos recordaban que afuera la ciudad estaba en plena ebullición y que reinaba el silencio solo en nuestra clase. María M. en la primera fila fue la primera en notar algo. María era una niña sensible y estudiosa que ponía una atención casi enfermiza a todo lo que decía la maestra. Seguramente por eso fue la primera en darse cuenta de que algo andaba mal. Me miró con su carita de niña buena, con sus ojos como platos, con signos de interrogación en las pupilas y con un pequeño movimiento de cabeza con el que intentaba decirme “¿sentiste algo?”. Yo, hipercinética y distraída, con mis pensamientos allá por la nube 13, le contesté con un “¿qué?” más sonoro de lo que yo hubiese deseado. María, aterrorizada como siempre por ser vista por la Zuleidita y dañar su récord impecable de mejor alumna de la clase, se volteó y siguió prestando atención a la maestra. Desde atrás yo solo veía su cuello crispado y una mechita de pelo rubio que se le salía de su perfecta trenza. En esas estaba yo, concentrada en la mechita de pelo cuando sentí por primera vez el sacudón. Todas empezamos a mirarnos las unas a las otras, como buscando una explicación en nuestra compañera de lado. De ahí en adelante, todo se me vuelve borroso. Gritos, carreras. Todavía veo a la Señorita X en sus tacones altos corriendo delante de nosotras. Las del equipo de básquet, que se sentaban siempre atrás, salieron disparadas, justo por la puerta de atrás de la clase y llegaron primeras a la mitad del patio, las otras escapamos como pudimos, Laurita, la enanita, o como sea que se llama a ahora a las personas chiquiticas, salió de la mano de su prima que la arrastró como a un muñeco gigante y llegaron casi al mismo tiempo que las del equipo de básquet. Las de bachillerato bajaron del segundo piso por las 4 escaleras y hasta por la 5ta, que estaba reservada solo para las monjas. En unos minutos 400 niñas entre 6 y 17 años, unos 50 maestros y profesores y 20 monjas nos encontramos en la mitad del patio del colegio. Unos gritaban, otros rezaban, unas cuantas lloraban. Luego nos enteramos de que el temblor se había sentido en toda la ciudad. Que no hubo muertos, solo unos cuantos heridos y algunos daños materiales. Más susto que otra cosa.

Las monjas fueron las únicas que guardaron la calma, o eso aparentaron. Fueron ellas y no los profesores las que nos organizaron de nuevo por clases, nos ayudaron a tranquilizarnos y fueron armando filas y llevando cada clase de nuevo a su salón. Todas menos las niñas de 6to grado, a quienes nos mandaron a esperar instrucciones en el “honguito”, nuestro anfiteatro al aire libre.

Allí esperamos con cara de susto y mucho cuchicheo escoltadas por la superiora del colegio en persona. La señorita X no aparecía por ninguna parte. La encontraron como una hora después debajo de un escritorio en uno de los salones solo para profesores de la planta baja.

Ya se nos había pasado el susto cuando de nuevo nos dio un salto el corazón. Vimos llegar una ambulancia que atravesó todo el patio de asfalto del centro del colegio y se estacionó lo más cerca que pudo de nuestro salón de clases. El honguito quedaba como a 200 metros del salón así que la visibilidad no era buena. Así y todo, reconocimos a Zuleidita cuando la sacaron en camilla con una venda en la cabeza. Contusión cerebral, nos dijeron después. Con el temblor a uno de los ventiladores se le había soltado un aspa que la derribó de un golpe. Cuenta la leyenda que solo cuando llegaron al hospital pudieron quitarle de la mano agarrotada la hoja de anotadora. Todos nuestros 40 nombres estaban allí…con una equis al lado de “se levantó sin permiso.”



 

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